Ya se terminaron las aventuras que recorrian montañas, selvas y ciudades en uno de los países más insólitos del mundo: Nepal.
25 días explorando su folklore, su cultura y tradiciones, y esos pequeños espacios recónditos que nos hacen recordar que conocerlo todo de este mundo es imposible. Pero qué bonito es sentir que de entre 8 billones de personas, risas y llantos, nosotros hemos sido elegidos para poder saber un poco más de las joyas que esconde el territorio nepalí, pero sobre todo para aprender un poco más de nosotros mismos.
Mirar de lado a lado y verte rodeado de montañas que siempre supusieron un reto para el ser humano, coches y motos que hacen que el corazón te dé un vuelco, por si la hermosura de sus calles no era suficiente; pero esencialmente, rodeada siempre de amarillos.
Los amarillos son aquellas personas que dibujan tu camino en tu destino, los caminantes que van haciendo camino contigo al andar. Personas que el día 1 no conoces de nada, pero el 25 tendréis algo que ni la distancia ni la vida será capaz de separar.
Y qué bonita el alma humana que te permite poder conectar y reconectar con aquellos que pensaste que eran diferentes, con aquellos que resulta que eres capaz de conectar mucho más allá de lo que el mundo nos quiere hacer pensar. Y qué bonito que un grupo de gente vestida con los colores del parchís, y unos cuantos más, hayan sido capaces de hacer de 25 días uno de los meses más inolvidables de la vida de todos y cada uno de los participantes de la ruta.
A si que viva el sentimiento de nostalgia, si es que su escenario es Nepal y estoy rodeada de amarillos.

