Hace ya dos meses y medio que cerramos las mochilas en Perú, algo más ligeras que al principio de la
Ruta y extremadamente sucias. Probablemente todos conservemos con mucho mimo nuestro cuaderno
que terminó amarillento, roto y repleto de reflexiones que uno teme olvidar.
La memoria puede ser traicionera. Uno no recuerda las cosas tal como son, aunque tenga la certeza de que
sí. Cada vez que visitamos el pasado en nuestra memoria el cerebro reinterpreta la información, elimina
partes y modifica otras tantas, pero no desesperemos, porque las fotografías, los vídeos, las crónicas y
nuestro roído cuaderno nos ayudan a saber que lo que vivimos fue indudablemente fantástico. Hoy día
mis amigos siguen preguntándome cómo puedo tener ganas de viajar de esta forma, cómo sueño con
regresar a la Ruta después de haber sufrido unas condiciones higiénicas cuestionables, dolores musculares
y agotamiento físico en las alturas andinas. Y justo sueño con regresar por haber disfrutado y no sufrido
todo ello.
Ahora mismo me encuentro organizando la agenda de la semana, buscando huecos en el horario para
tomar un café con alguien y haciendo estiramientos para aliviar el dolor de la contractura causada por
trabajar tanto con el ordenador. Observo mi vida y a veces parece imposible que hace unos meses
estuviera conviviendo mano a mano con comunidades indígenas del Amazonas. Pero sucedió, ya ves si
sucedió. Al volver me dijeron que la mirada me había cambiado, como si el cuerpo estuviera cansado y el
alma fuera más ligera.
Y es que de eso debería ir la vida, no solo Ruta. Cansar el cuerpo a base de vivir, usarlo para ir más allá de
nosotros mismos y, al sentir que formamos parte de algo más grande, sentir esa feliz ligereza interna.
Como si hubiéramos desentrañado la clave de una vida con sentido.
Sin embargo, tengamos cuidado, que los escritos pueden acumular polvo en las estanterías, las fotografías
se nos antojarán cada vez más lejanas, como parte de un sueño febril, y la memoria hará de las suyas. Por
eso, es importante no dejarnos llevar por la inercia de un día a día lleno de tareas, prioridades de un yo
aislado o “checks” que cumplir. No nos aferremos a esa única Ruta que vivimos o, para los más suertudos,
Rutas. Sigamos intentando alcanzar esa sensación que trasciende la piel y el reloj, ese sentido por encima
de nuestra individualidad. Y siempre hacia delante. Porque en la vida, como en Ruta, no se puede dar la
vuelta atrás, solo seguir hacia adelante.

