La ruta es el viaje que de forma más profunda me ha transformado, por dentro y por fuera y, si no tengo algo tatuado en relación a esta es porque no encontrado nada que defina su importancia en mi vida – aún-.
Convivir con tantas personas, con tanto movimiento y durante tanto tiempo no me ha resultado nada fácil, pero he descubierto que merece mucho la pena correr el riesgo de ser vulnerable.
Y no todas han sido emociones difíciles de gestionar, pues cada nuevo día había una nueva incertidumbre acerca de lo que íbamos a hacer y aprender.
Pues todos somos maestros, y las caminatas en Ruta nos lo muestran, cuando seguimos hablando tras quedarnos sin temas de conversación, implicándonos en las relaciones que creamos en ese onírico mes.
El mundo maya en Yucatán me apasionó, y aún recuerdo en mi cuerpo el aroma del copal al llegar a Tabi, el maravillarme en lo alto de las pirámides de Calakmul y especialmente las aguas del cenote Noh- mozón drenando mi cansancio mágicamente tras largas horas de caminata.
Y en el viaje más actual, siempre recordaré el primer llamado al rezo que retumbó en Fez, cuando no pude evitar llorar en lo alto del Toubkal, aquel momento en La Palma helados de frío en que vimos el espectacular cielo nocturno y sus estrellas y en lo alto del Teide coronando a nuevos caballeros y caballeras de los 3000.
Lo más esencial que se aprende en este viaje es a convivir a vivir contigo y a comprender que el mundo es mucho más grande y magnífico de lo que puedes creer; que merece ser conocido.
Porque aunque las huellas se vayan de la arena, nunca lo harán de mi corazón.

