Ruta Inti me ha enseñado muchas cosas, como que ser repetidor puede ser algo de lo que sentirse bien orgulloso y, habiendo sido re-repetidor subrayo esta perspectiva con mucha fuerza, mi yo de la ESO jamás lo habría entendido.
Cada vez que hablo de la experiencia — cada vez que tengo la oportunidad de hacerlo— me encuentro un tanto perdido entre la amalgama de eventos, anécdotas, momentos bajos y pletóricos que he vivido allí, vestido de amarillo, porque son, sin exagerar, los suficientes para escribir varios libros.
Ya me lo dijo un buen amigo, antes de entrar a la segunda expedición — que nos llevó a recorrer Marruecos y dos de las Islas Canarias —: que intentase verla no como un nuevo capítulo de la misma novela, sino como otro libro totalmente distinto.
Así que ahora, habiendo acabado de vivir una trilogía de varios cientos de páginas, me encuentro con dificultades para concretar cosas de lo vivido allí, pero supongo que de eso va la vida: de elegir qué cosas decir y cuáles dejar en subtexto.
Perú fue una experiencia tan rica e intensa que meses después de regresar sigue sorprendiéndome con nuevas sensaciones, cuando me permito frenar en el frenético día a día del siglo XXI y, habiendo vivido otras dos Rutas, debería de conocer el modo de integrar esta en mi piel, con sus múltiples aprendizajes y conocimiento, pero la Inti también me ha enseñado que hay cosas que siempre traerán tristeza y dolor, sin por ello ser en nada malas, y que el final se haga difícil es un síntoma de ser humano, así que he decidido revivirlo una vez más — aunque me quedé 10 días más y las aventuras de toda clase no dejaron de suceder, pero esa es otra historia —.
Antes de zambullirnos a ese mar de cansancio, lágrimas y plenitud volcada en dedicatorias, expondré que la Ruta de este año fue especialmente… especial: la mitad se desarrolló en los Andes, con el soroche atacándonos en cada respiración, un frío gélido por las noches y unas vistas a las que nunca me acostumbré por su majestuosidad, mientras conocíamos la historia del pueblo inca y del Perú, desmitificando Machu Picchu, caminando Choquequirao y haciendo muchas cosas más, que quedaron grabadas en piedra; la otra mitad — mi favorita — nos llevó de Iquitos, una ciudad con amarga historia que tiene muchísimo que contar, a la selva del Amazonas, que nos envolvió con un calor al que no tardé en acostumbrarme — si bien cuando te daba el sol directamente la insolación era un destino más que probable —, conviviendo con etnias indígenas como la Kukama, Ocaina, Bora y Huitoto, conociendo la era del caucho y, en general, sin parar de conocer aquel mundo tridimensional —el de fuera, el contenido en la expedición y el interno que se desplegaban ante mí como un mapa mientras viajaba y me enfrentaba a diferentes dificultades, principalmente relativas al sueño y a no alcanzar a hacer todo cuanto quería —, sin duda las preocupaciones son una cuestión de contexto y la Ruta también me ha enseñado que, de vuelta en casa estas cambian enormemente, a menudo ayudándome a valorar todo lo que doy por hecho aquí.
Vayamos a ese último día: como no podía ser de otra manera, nos despertamos pronto y dejamos el último campamento en el que haría noche —esto lo aclaro en unas líneas—: Puerto Prado. Cogimos un barco para ir a Nauta, donde tuvimos un acercamiento a una radio de nombre Ucamara que fue espectacular por su labor con los pueblos indígenas a través de la música y pusimos rumbo a Iquitos donde, horas después de tener un tiempo libre y darlo todo bailando en la Plaza Roja llegamos a la UNAP que había sido nuestro primer campamento en Iquitos, cerca de las doce de la noche, para hacer el acto de clausura.
Las lágrimas ya comenzaban a aflorar de mis ojos con las despedidas, sabiendo que una vez más el fin había llegado y estaba viendo, quizá por última vez, a muchos de los que me habían acompañado a lo largo de toda la aventura.
Tuvimos un último, a la vez chismoso y emocional, buzón de Fif — en el que escribí de forma tan legible que tuve que salir a ayudar a quienes lo leían — y la tristeza comenzaba a consumirme cuando la adrenalina subió una última vez —en un día que recalco que había sido intenso desde el comienzo y ya comenzaba a comerse horas del próximo— con la revelación del próximo destino, que hasta que sea anunciado deberá mantenerse en el anonimato.
Entonces, hubo un momento en que renuncié a dormir —por ello no hice ninguna noche más con la Ruta— con dos objetivos: escribir dedicatorias a quienes habían sido importantes para mí — rascando como nos dijo Nano hasta los últimos instantes, sabiendo que no iba a conseguir escribirlas todas — y, una vez que colgué el boli, uniéndome a la fiesta clandestina que se había montado en el comedor de la universidad, donde bailamos llevando nuestras energías por debajo del subsuelo.
El día amaneció, como no podía ser de otra manera, con un cansancio atronador y una última compañera de aventuras que se vino conmigo hasta España —sí, me refiero a una buena diarrea — y entonces, en un momento de despedidas definitivas en el que sabía que tampoco iba a poder dedicar a todos el tiempo que se merecían para decir adiós, solté toda esa emocionalidad que se respiraba en el ambiente y comencé a llorar, junto a mi querido Carlos y otras muchas personas.
Una vez revivido el final, tengo claro — ahora que finalmente he encontrado el símbolo con el que tatuarme estos casi noventa días de experiencia repartidos en tres años diferentes cuyo significado para mí nunca podré acabar de expresar por mucho que hable de ella — que Ruta Inti me ha enseñado muchas cosas, tantas que a veces cuesta verlas todas en una misma imagen pero, si he de quedarme con una, esa es la relativa a soñar.
A que, pase lo que pase fuera, esté cansado, agotado, físicamente afectado o emocionalmente alterado, no hay nada más importante que remar hacia mis sueños— aquello que valoro —, hasta llegar a hacerlos realidad.

