Por Pablo Ontoria, expedicionario.

2015-tornillo

Somos seres ciertamente complejos, capaces de dormir en la tierra: la materia que mancha las rodillas bajo los olivos; que compone nuestros cuerpos y nuestras almas terrosas. La misma que, en forma de polvo escaso, se acopla a las pantorrillas desiguales del grupo. Apostado en el blanco manchego de Criptana, contemplando la humedad de la cueva, encontré en la calle empedrada una espita de hierro que era el tornillo de Morelli del que habla Cortázar: la Gran Tura. Decía que el nimio objeto fue primero diana de chiste, gracia, después burla, irritación, disputa, y luego objeto místico, sagrado… Cualquiera que pasara por la calle no podía hacerlo sin mirar el famoso tornillo en el umbral de la casa del napolitano. Jugué con el tornillo entre mis dedos, sin que nadie me viera, como aquel que se lo apropió después de muerto el vecino. Lo dejé caer y sonó contra los adoquines, varias veces, como los dientes del molino en los husillos de madera, resumiendo y añorando el tiempo con su repiqueteo. Son blancos como el mar, indecisos los molinos, y su espejo se queda allí, en el horizonte etéreo, al igual que el tornillo, perdido, que abandoné en la calle, sin recuerdo alguno de mí o de mis dedos.

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