Crónica especial desde Cuzco: La magia de ser equipo

Esta es la primera vez que estoy fuera del campamento de Ruta Inti en una expedición y hay cosas que no puedo evitar pensar en lo extrañas que resultan.
Aunque llevo desde 2014 formando parte de este proyecto (y al principio escribía yo las crónicas, cosa que, afortunadamente para la gente que nos sigue, dejé de hacer), siempre había estado en el equipo de campamento, que es parte fundamental de todo lo que se ve y ocurre dentro de la expedición.
Estoy acostumbrado a estar rodeado de todos los participantes, viviendo sus experiencias de cerca. Este año, por primera vez me aseguro de que todas esas cosas que no se ven, que ocurren en el backstage, sigan funcionando.
Desde el primer día quise animarme a escribir una crónica, pero la verdad es que tampoco tenía mucho tiempo para hacerlo. Hoy he podido sentarme un rato y reflexionar sobre las cosas que por suerte los expedicionarios no llegan a vivir y las que desgraciadamente, no llegan a saber.
Transcribiendo la crónica que escribió un rutero ayer, me hizo gracia quise mencionarse que qué parte del equipo nos habíamos adelantado para asegurarnos de que cuando llegasen a Cuzco tuvieran la comida preparada (con especial mención a intendencia).
Esto no es ni la primera ni la última vez que ocurre, porque desde el equipo Ruta Inti se vive de una forma muy distinta: a veces no podemos estar en las actividades, o en una charla, o sencillamente, tenemos que ir unos cuantos cientos de kilómetros y varias horas por delante del resto de la gente.
A veces llegamos a lugares en los que no hay nada (de hecho, ni siquiera tenemos dónde poner las tiendas y hasta que nos llegan los expedicionarios, no ponemos ninguna a menos que haya alguien enfermo) y otras tenemos la suerte de que nos reciban con un pabellón abierto y todas las facilidades para hacer nuestro trabajo, como ha sido el caso de Santiago de Cuzco.
A veces tenemos un día en el que no pasa nada especialmente remarcable fuera del hecho de que estamos haciendo algo parecido a vida normal en un lugar completamente alejado de nuestra normalidad diaria. Pero a veces (la mayoría de ellas), tenemos un día que se llena de anécdotas que muchas veces no trascienden a los expedicionarios pero que se convierten en bromas recurrentes dentro del equipo.
Ayer pasó una de ellas, porque mientras los ruteros se iban de tiempo libre después de comer en el pabellón de Santiago de Cuzco, estaba teniendo lugar una competición deportiva (creo que de fútbol, pero la verdad es que estaba liado fregando y no me paré a mirar).
Como cocinar para tanta gente casi siempre es equivocarse en las medidas, nos había sobrado bastante comida y evidentemente, muchos de los padres que estaban allí para ver a sus hijos competir, al ver que habíamos preparado salchipapas, vinieron a preguntar que por cuánto las vendíamos. Como en realidad no podemos vender nada, le regalamos a dos personas un plato lleno.
Y por supuesto, esto resultó en que un rato después teníamos una cola de gente preguntando donde regalaban salchipapas.
Regalamos el resto porque creemos que es mejor que se aproveche la comida a tirarla, pero solo a base de propinas acabamos teniendo suficiente dinero para invitar a todo el equipo de intendencia a un par de rondas de cerveza en el (breve) tiempo libre que tuvimos.
Así que valga esta crónica como agradecimiento a la gente de Cuzco por las rondas gratis y que nos ahorró el esfuerzo de gestionar la comida que nos había quedado. ¡A su salud!

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