Crónica #9: Desde una terraza de Tizi Oussem

Lydia Mangado, expedicionaria de Ruta Inti 2024

Lydia es de Pamplona, estudia Historia y Periodismo. Tiene un gato llamado Fito y otro llamado Pesto.

Podía parecer una noche de verano más. Una noche de campamento, de esas que no disfruté cuando tenía edad de campamento de verano, aunque con 24 años. Leíamos papeles con mensajes en el tradicional juego del buzón. Entre risas, confidencias y caras de cansancio, miré a mi alrededor como de forma instintiva. A lo lejos, más allá de la terraza donde estábamos todas tapadas con mantas, se dibujaba perfecta la silueta del Atlas. Estaba en mitad de una comunidad llamada Tizi Oussem, al suroeste de Marruecos. Esa noche tenía toda la magia de una noche de verano, pero nunca más se volvería a repetir. Nunca mas volvería a terminar el día entre risas, confidencias y caras de cansancio en mitad del Atlas. Levanté la mirada y observé con detalle el cielo estrellado.

Jamás había visto ese manto tan lleno de luces y constelaciones. Empecé a recordar desde la admiración y el agradecimiento, como me habian insistido en que hiciera, todo lo que había vivido ese día. Era 27 de julio de 2024 y formaba parte de la Ruta Inti. Me costaba entender todo lo que había vivido los pasados nueve días, pero sabía que lo recordaría siempre.

Las vistas desde esa misma terraza eran igualmente impresionantes con luz. Ante nosotras, una muralla de montañas y terrazas verdes entre las que se escapaban pequeñas poblaciones.
Desde el día anterior, las compañeras del Aula de Antropología, junto a algunos miembros del equipo de Coordinación, nos habíamos trasladado a Tizzi Oussem. La finalidad era adentrarnos en la vida diaria de una población amazigh, una de las más afectadas por el terremoto que los había sacudido solo unos meses antes. La hospitalidad inmensa y la generosidad de nuestros anfitriones nos regaló una noche de descanso y un desayuno reponedor. Entre los muchos aprendizajes que ya nos había dado la Ruta, valorábamos aquello que en el día a día se da por hecho. Caminando por el pueblo, las mujeres pasaban sin apenas reparar en nuestra presencia. Ni siquiera era capaz de imaginar a dónde iban o de dónde llegaban. Pero me fascinaba poder observarlas en su cotidianeidad; la idea de que, en aquel lugar recóndito, tan lejos de mi cotidianeidad, entre las montañas del Atlas, hubiera una vida tan concreta desarrollandose al margen de mí. Una vida tan concreta y separada de mis vivencias habituales, en el mismo planeta tierra, a miles de kilómetros de distancia de mi casa, pero conectada con mi realidad de aquel momento.

Para tratar de entender a aquellos que nos rodeaban (o a quienes rodeábamos nosotras)
Marina, monitora encargada del Aula de Antropología, nos explicó a las orillas del río cómo tratar de filtrar aquellas costumbres, gestos o símbolos de otras culturas que inicialmente nos producen extranamiento pero que no debemos juzgar sin preguntar. Para conocer algo desde su raíz, debemos preguntar a las protagonistas de las costumbres, los gestos y los símbolos. Hacer las preguntas más concretas, a las personas adecuadas, de la manera más oportuna. Solo así trascenderemos la hipótesis que nos emerge al extrañarnos e iniciaremos el camino hacia entenderlo en su esencia, sin generalizaciones, sin las gafas limitantes de nuestra realidad conocida.

Casi como una recompensa por el esfuerzo de abrir la mirada y corregir nuestra visión restringida, atravesamos también las piedras de la orilla para llegar al río. Allí, pudimos poner en práctica otra de los grandes aprendizajes que habíamos descubierto para aquel entonces. Fif, subdirector de la ruta, nos dijo al iniciar el viaje: No lo penséis, saltar. Y saltamos desde unas piedras a una piscina de agua natural que se formaba en ese lugar recóndito del Atlas. Saltamos al agua helada, ante la antenta mirada de jóvenes locales a quienes, en realidad, imitábamos ilusionadas.
Saltamos aunque no tuviéramos ropa de recambio, aunque no hubiera toallas, aunque el agua estuviera fría. Saltamos porque era preferible a pensar y no hacerlo. Porque nunca más íbamos a poder bañarnos en el río de Tizi
Oussem, en aquel lugar recóndito del suroeste de
Marruecos.

Aquella misma tarde, tras volver a la casa donde nos quedábamos, uno de nuestros compañeros, Dani, dio un taller sobre mediación y Eli (a quien yo ya consideraba mi hermana), enseñó a las más intrépidas a hacer el pino, que no ha plantarlo, aunque no nos hubiera venido mal. La ruta, ante todo y sobre todo, era escuchar y aprender constantemente de aquellas personas que te acompañaban en el viaje. Abogados, artistas, ingenieras, psicólogos, antropólogas, arquitectos… Y, especialmente, almas despiertas con ganas de entender y de explorar el mundo.
Ellas y ellos, su amistad, su abrazo, su escucha eran y son todavía lo más valioso y lo imprescindible de la Inti.

Tizi Oussem nos había dado tantísimo, que nuestras monitoras creyeron que debiamos tener un gesto de agradecimiento con aquella preciosa comunidad. Todas nos colocamos un guante y, bolsa en mano, salimos a limpiar aquel río en el que horas antes nos habíamos purificado. Resultó ser el acto más genuino hasta entonces hecho, un acto de amor a la naturaleza que nos arropaba cada noche, que nos tapaba con sus estrellas, que nos guiaba por los valles y nos permitía lavarnos en sus aguas. En la parte final del río, la tarde terminó fusionando nuestros abrazos con los de quienes habitaban la localidad. Las niñas y los niños amazighes trepaban por nuestras espaldas queriendo alcanzar las cimas de los árboles.
Nosotras, corríamos de un lado para otro y saltábamos con ellas a nuestras espaldas, escuchando su risa, recibiendo sus besos. Nos comunicábamos por lengua de signos, alguna palabra en inglés, algún número en francés. Es embriagador darte cuenta de lo innecesarias que resultan las palabras cuando hay voluntad real de hablar. Los más mayores, incitaron a varias de nosotras a jugar un partido de fútbol. Las camisetas del equipo local y las camisetas amarillas de la Inti se intercambiaron para formar dos equipos mixtos de locales y ruteros. Nadie era visitante, ningún equipo tenía más apoyos ni más cánticos de ánimo ni más admiradoras. Todas y todos ganaban el partido, si es que realmente a alguien le importabna los goles.

Tras la ducha, el cuscús, el té y el melón, nuestros anfitriones nos regalaron unas canciones al ritmo de tambor. Nosotras nos levantamos y bailamos lo mejor que pudimos. Evitando las caricaturas que Marina nos había enseñado a desechar en el Aula de Antropología y disfrutando sin perder de vista que nunca más volveríamos a estar en una terraza cubierta de estrellas, con la silueta del Atlas al fondo, en mitad de una comunidad llamada Tizi Oussem, al suroeste de Marruecos.

La Ruta está viva, decían mucho desde el primer día. La Ruta estaba viva porque cambia, varía y se adapta a los contratiempos. Pero, sobre todo, la Ruta estaba viva porque nosotras lo estábamos. Y teníamos la suerte de estar viviéndola.

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