Mar Gutiérrez Domínguez, expedicionaria de Ruta Inti 2024
Mar vive en Madrid, es parte del Grupo 2, es adicta al fuet y se graduó en derecho de la Universidad Complutense de Madrid.
Hola, papá. No sé cuándo escucharás este mensaje, pero llamaba para decirte que vuelo de vuelta a casa. Sé que llevamos tiempo sin hablar, pero necesitaba salir de la vorágine social, dejar de ser una más.
Papá, me he dado cuenta de que las cosas más importantes para mí, las que no quiero olvidar, acaban grabadas en algún sitio: no sé, un papel, una canción, la piel, un mensaje de voz…
Papá, esta es la historia de un viaje, de una forma de vivir, de toda una vida apretujada en una mochila. Es la historia de un recuerdo hecho papel. Dicen que un diario puede ser un lugar al que volver, en el que ser; un refugio, una salida de emergencia, un último consejo antes de salir por la puerta. Dicen que un diario, aquí, puede ser leído al otro lado del mundo y ser entendido.
Dicen que puede ser la historia de un proyecto, de una idea permanente en el tiempo, de generación en generación. Puede llegar a ser la historia de tu vida, la mayor de tus aventuras, tu sueño cumplido. El recuerdo de un diario puede hacerte pertenecer a un sitio, a un grupo, a una identidad. Puede ser tu puerta a la otra vida, la ya vivida, por la que darías todo lo que tienes ahora.
Una vez hubo un escritor que llenó sus libros de personas. Papá, las llamó «los amarillos». Hablaba de ellos como las personas que dan sentido a nuestras vidas, esas que se sitúan entre el amor y la amistad. Son las personas con las que pasar el resto de nuestros días; bailan con tus sombras y entretienen a tus pesadillas.
Son artistas, mentores, pensadores, aventureros, impulsivos, frenéticos, brillantes, cálidos. Son vitales. Sobre todo eso, son personas vitales. Son la voz de la revolución en la calle y el eco del silencio más rotundo. Son esas personas que se cruzan en tu vida y, con una sola conversación, pueden llegar a cambiártela. Son un aula itinerante. Se sienten como un buche de agua fría en la más peleada cima. De hecho, son en los que piensas cuando llegas hasta ella.
Y yo, yo quiero ser como ellos. Quiero ser fiel a mí misma. Quiero viajar, buscar, abrazar a mi yo anterior, volver al origen, dejarme reducir a lo absurdo, aprender a decir que no y que me empujen hacia el sí más inequívoco. Quiero tropezarme dos, tres o cuatro veces con la misma piedra, porque quiero saber que, cuando vuelva, ellos ya estarán apoyados en ella. En realidad, papá, es que siempre están; se cuelan en tu espina dorsal.
No quiero ser cómplice de la losa más pesada. Quiero agarrarla con las manos y alejarla de mí, evitar la indiferencia y poder reivindicar todo aquello que me parezca injusto. Quiero vivir en un constante estallido de extinción y nunca llegar a saciarme.
Quiero recordar a los que ya no están y homenajear a los que lo siguen haciendo posible. Quiero estar antes de que se me necesite y tener la certeza de que, si yo llamo, alguien vendrá. Quiero hundir mis manos en barro y dejar en el otro la huella de mi paso. Que te han dado la maldita oportunidad de poner tu contador a cero, y tú vas, y la coges.
Papá, ahora soy consciente de que todo, absolutamente todo, tiene un sentido y una razón de ser. Y ahora no pienso hacer nada más que quedarme aquí, cuidando la raíz.
A ellas, a las que intentan cubrir, ocultar y silenciar. A los niños de los lugares ocupados, los que protagonizan ahora portadas, y los que, aún más cerca de casa, han caído en el olvido. A los que sufren la guerra en nombre de otros. De alguna forma, os hemos recordado y hemos querido haceros presentes en el viaje.
A los demás, los que visitamos y conocemos desde el privilegio, a quienes nos han hecho creer que la violencia y la muerte son las únicas soluciones para resolver un conflicto, a nosotros siempre nos quedará la capacidad de negar nuestro consentimiento.

