Carmen López, monitora del grupo 8. Ha vivido tres años y medio en Cork, Irlanda.
He vivido y crecido en una familia humilde de un pueblo donde hay que trabajar mucho para ahorrar, pero cuando me entenderé que Perú era el próximo destino de Ruta Inti, no pude resistirme a poner todo mi empeño en vivir la experiencia.
Las noches siempre son mis grandes aliadas y una fuente de inspiración a la hora de ordenar pensamientos y dejar aflorar mi parte más vulnerable. Esta noche, en concreto, hay mucho que recomponer, que dejar salir y hacer autocrítica; aunque estoy segura que tardaré varias semanas en procesar este viaje por completo.
Tengo la gran suerte de encontrarme y estar perdida en un lugar mágico, único. Puerto Prado, una Comunidad Kukama que vive al pie del río Amazonas. Una ubicación selvática, que reboza una vibra positiva y una energía que se transmite a través de su gente. Y, si encima te dan la bienvenida tocando música, te pintan la cara con un fruto y te fijas en sus grandes sonrisas, hacen del momento algo que sólo puedes vivir estando en Ruta Inti.
Siento que el desenlace se acerca y me pongo a pensar en como surgió este año los preparativos: antes de salir de casa y, aunque tenía claro que esta ruta iba a ser especial, tenía ciertas dudas después de tres años como Intendencia y situaciones con mucha responsabilidad como Coordinadora el ultimo año; pero tocaba probarme como parte del equipo de Campamento que, al fin y al cabo, concuerda más con la vocación de mi día a día.
El grupo ocho me tenía asustada por no preguntar dudas básicas, con algunos emoticonos que expresaban, pero no llegaban a decir del todo nada. Cuál fue mi sorpresa al encontrarme con un puñado de jóvenes que verdaderamente sienten pasión por la aventura e ilusión por seguir creciendo como profesionales. Creo que esa idea es lo que nos unió desde el principio; desde Cusco y la dinámica de «¿qué esperas de esta ruta? ¿Cómo crees que vamos a convivir este mes entero como grupo?».
Hemos pasado momentos duros en los que nos tocaba comer los últimos, en los que nos hemos quedado sin fruta o hemos tenido que limpiar los baños sin fregona, ni escobón; pero lo más auténtico de todo ello, es que lo hemos hecho juntos y, sobretodo, nos hemos mofado de la situación luego, con risas, muchas risas.
Tengo que daros las gracias por haber sido los protagonistas de mis comidas y cenas, por las miradas de complicidad en charlas o talleres y prestaros a desnudar vuestras personalidades, a una total desconocida vestida de azul.
Nuestras preguntas han sido buenas, pero vuestras respuestas han sido valientes, espontáneas y habéis sabido dar coherencia a lo que yo, en meses, no he sabido expresar en palabras. No sólo me habéis enseñado, sino que me habéis aportado aliento y mucha paz mental al escucharos a todas y cada uno de vosotras. Diferentemente iguales, al fin y al cabo.
Se me viene a la cabeza, admirando estrellas en la proa de un barco, una de esas preguntas claves: «¿Eres más razón o emoción?»
Querido grupo ocho, he sido pura emoción estos 28 días con vosotros/as; yo misma, sin medir, a veces, que era la monitora referente de esta pequeña comuna. En conclusión, os puedo asegurar que no cambio la experiencia, ni ninguno/a de nuestros componentes, por nada del mundo. Gracias por todos esos vínculos tangibles que se han creado estos días. Marcho muy feliz :)
Por otra parte, a lo largo de este camino, he tenido la oportunidad de el reencontrarme con viejas joyas que ya formaban parte de mi círculo de confianza y llevaba en un bolsillo, por si tenía que gritar auxilio: Una voz chilena llena de energía y humor, el sonido de una armónica verde a lo lejos, una guitarra rosa que se presta al cachondeo en cualquier momento, los abrazos reconfortantes de una amiga anaranjada o la gran evolución y descubrimiento del amarillo al azul, preservando su esencia :) Personas únicas.
Y, para mi gran sorpresa, tesoros que no tenía contemplados descubrir, al encontrarme con sus sonrisas involuntarias al despertar de cada mañana. Sobre todo, gracias azules, por lo que ya sabéis que me llevo de vosotras en mi mochila. Por los silencios y las reflexiones como equipo. Por el jefe y su forma de provocar la comunicación y cooperación en todo momento.
Como buen sueño, este se acaba en la mejor parte; con la celebración de bailes entrelazos y un círculo de humanidad y autoaprendizajes que ya me gustaría conservar en toda vuelta.
Me emociono siendo un poco más consciente de lo feliz que me he sentido, de estar satisfecha por haberme dejado llevar por el momento y la magia del lugar siendo nómadas en el Perú, de acostumbrarme a abrazar y de formar parte de todo ello.
Gracias, ruta por devolver ese pedacito de magia que tenía oxidado. Gracias por hacerme llegar a la conclusión de que volvería a hacer todas las caminatas de Choquequirao, si cuento con personas así de agradables a mi lado.
La ruta empieza ahora y, cuando me queme la prisa y me falten las risas, me acordaré de estas vivencias y tendré que volver a celebrarlo :)

