Celia Elizalde
Hoy es día de incertidumbre, de aventura, de divulgación a las faldas del río. En el camino en barco de Pucaurquillo a Santa Lucía, pienso en como, en Ruta, somos análogas al agua del Amazonas, eternamente cambiantes frente a la rutina visceral de arraigo a algún lugar estable. En ausencia de esa permanencia, las raíces que echo no crecen en sitios tangibles, sino en personas multicolores que me recuerdan que las fortalezas de uno mismo radican tanto en su resistencia al medio como si lo hacen en el vínculo con el otro, en saber que nuestras inquietudes, anhelos o intereses son próximos.
Ahora, después de bañarnos en el Amazonas con un grupo de niños indígenas, se me vienen a la cabeza las palabras de Nano y Marina antes de partir hacia las comunidades. Intento absorber estos momentos apartados de cualquier recelo etnocéntrico que me haga interpretar ciertas estructuras como “buenos” o “malos”, “justas” o “injustas”, “arcaicas” o “modernas” porque algunas cosas simplemente son, no necesitan de una calificación porque su mera existencia precede al pensamiento juicioso, al pensamiento que necesita categorizar el mundo en cajones superfluos a causa de nuestro miedo a lo desconcertante.
P.D: ¡Felicidades, papá!

