Crónica #23: Todo lo que no sé (o quizás sí) sobre el Amazonas

Elisa Verdión, 22 años. Es de Cáceres, Extremadura y estudia el quinto año de medicina en la Universidad de Sevilla. Es zurda.

Nadie me avisó que a mis 22 años estaría cruzando la inmensidad del Amazonas en un barco rojo y verde con 150 personas que hace un mes no conocía de nada. Supongo que como todo en la vida, nunca sabemos qué es lo que está por venir. Lo que tengo claro es que la Elisa de 8 años se hubiera quedado con la boca abierta con el simple hecho de saber que algún día sus ojos se cegarían con el sol que alumbra aquí en las profundidades de Perú. Desde luego que es toda una suerte y un privilegio el poder vivir unos días en esta región tan especial del mundo. No sé si será el cauce del río o la frondosidad de la selva pero hay algo que me mantiene todo el día hipnotizada en este lugar. Tampoco sé si son los sonidos de los animales cuyo nombre no se identificar (y que a veces, he de confesar que lo prefiero) o la impredecibilidad del día a día lo que convierten esta experiencia en algo tan único e inexplicable.

No quiero caer en tópicos y que me perdone el lector si lo hago, pero la amabilidad con la que hemos sido recibidos estos días en Ancon Colonia es lo que me genera esta sensación de bienestar y tranquilidad constante que apenas sé cómo reflejar con palabras. Desde que empieza el día hasta que el sol se esconde, parece que la vida se reduce a algo tan fácil y sencillo como disfrutar y conocer a las personas viven aquí.

Hay veces que, al enfrentarte al papel en blanco, no sabes cómo encerrar y atrapar esa sensación que estás viviendo; y eso es lo que me pasa redactando esta crónica. A mí en lo personal me sucede muchas veces ya que siempre trato de escribir lo que siento en la primera servilleta que encuentro. Sin embargo, no todo en la vida está a mi alcance y ni mucho menos el uso preciso que merecen las palabras. Lo que sí que está a mi alcance es tratar de transmitir lo que pasa por mi mente en este momento en una crónica que adoraré leer el mes, el año y el lustro que viene (incluso ojalá el siglo que viene, dentro de las cosas que desconozco tampoco sé si llegaré a los 90).

Como conclusión un poco, en estos días en los que he pescado dos peces, he atravesado un manglar con un machete y gafas de rave, he cogido un cariño inmenso a los niños y habitantes boras, he tratado de aprender y empaparme de sus valores en la medida de lo posible y sobre todo, me he reído; puedo afirmar que es un gusto estar viva y agradecer todo aquello que tengo oportunidad de disfrutar. Será un placer siempre recordar todos estos momentos con un cariño que trasciende más allá de fronteras de cualquier tipo. Vivir es urgente, como se dice. Y más si es con cariño y gratitud.


Un beso a mamá si está leyendo esto. Y un beso gigante también a mis compañeros de ruta – en especial, a mi grupo 7 con monitor incluido y a Emilio – por formar parte de esta aventura y dejarme conoceros. Sois increíbles y ojalá todo el mundo se pareciera un poquito a vosotros.


Con amor siempre, Elisa :)

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