Fernando Piñero, 20 años. Estudia Bellas Artes e Historia del Arte en Valencia. Cree que el suri no está tan malo
A lo lejos, el Amazonas es claro. No azul, sino gris, aunque eso depende de cómo esté el cielo. De cerca —todo lo cerca que está el río desde la azotea del barco—, el agua es bastante marrón y hay troncos y plantas y espuma flotando y dejándose llevar por la corriente.
Los árboles son, sin embargo, más oscuros y transparentes cuanto más lejos están. Especialmente hoy que hay niebla y la profundidad se espesa.
Además hay pajaritos revoloteando —de entre los cuales sólo puedo señalar garzas—, delfines que saltan de vez en cuando y un cielo que ya clarea por el fondo dejando entrever el atardecer.
Ante todo ésto sólo puedo no hacer nada. Parpadear y esperar a que se me caiga la lágrima. Contemplar sin interpretar nada de nada. Sin querer ver más allá de lo que veo, aceptando las formas y los colores de la selva, asumiendo el papel de público espectador.
Ahora ha bajado un poco más el sol, y el agua, incluso la del primer plano, es lila. La otra cara de las olas, naranja.
No sé dónde acaba la selva, no sé cómo de largo y ancho es el río. Pienso en cuánto tardaría en atravesar esas distancias a pie y me siento pequeño, siento que me excede. Que no me entra en la cabeza, que es como infinito. Que respiro y me vuelvo más enano todavía, que no me dan los ojos para apreciar las olas ni los árboles ni las garzas. Y que tampoco habría tiempo nunca en el mundo para contar todas las ramas de los árboles de la primer fila. Habrá que conformarse con una vista general.
Ha bajado un poco más el sol y se ha liberado más el cielo. Ya se medio ve la luna.
Con la mirada fija en la punta del boli, casi siento estar desperdiciando tiempo de mirar el río, que ya no sé de qué color está.
Felicidades, papá y un beso a mi familia y amigas! Me acuerdo mucho de vosotros entre el gris, el lila y el naranja.

