Patricia Herrero, expedicionaria de Ruta Inti 2024
Patricia vive en Madrid y estudia biología en la UAM. Siempre que le dan un abrazo se le nota el corazón.
Hoy hemos despertado como cualquier otro día: a ras de suelo. No sólo con los pies en la tierra, sino con todos nosotros, en ese Tetris de esterillas y mochilas a medio hacer. Aprovechando los minutos mágicos de silencio antes de que el resto se levantasen, me he dado una ducha. En la ruta el agua cobra otro valor, como todo, pero en el agua encontramos alivio que no es tan evidente en el día a día: al beberla en mitad del desierto, al ducharte tras una dura caminata, al llorarla de felicidad por alcanzar una cima.
En la Ruta todo y todos adquieren su valor verdadero. Viendo un paisaje desolado por la lava se aprende de resiliencia. En mitad de una multitud amarilla aprendes a reconocer tu voz entre otras 130 personas, descubres tu ritmo a raíz de perder la noción del tiempo, te encuentras en el lugar correcto sin conocer el itinerario… Y hoy, tumbada entre los pinos más allá del Tajogaite, sé que nunca he visto una nube más rápida, una guía más feliz frente a la adversidad que acabó con su casa, ni unos ruteros más dispuestos a crecer.
Nuestra guía, Diana, nos llevó con una sonrisa en la cara a través de las cenizas del volcán que hace dos años arrasó con miles de hogares, entre ellos el suyo, y fue capaz de transmitirnos una total reverencia hacia la naturaleza y su poder a pesar de todo. Más que hablarnos de la tragedia, nos habló de la maravilla, algo que día a día se nos enseña a apreciar en Ruta.
Apenas un rato más tarde (pero muchas botas llenas de piroclastos después) llegábamos al que iba a ser nuestro campamento al aire libre esa noche. Nos resignamos al frío mientras cenábamos entre risas el manjar preparado por intendencia: tortilla de patata del Mercadona. Nunca antes nos había sabido mejor. Con el ánimo mucho más alto que las temperaturas, cargamos mochilas al hombro y avanzamos en la oscuridad a través del bosque. A ciegas en más de un sentido, como siempre que desde orga nos preparan una sorpresa.
No tardamos en olvidar el frío cuando alzamos la vista y apagamos los frontales. Millones de puntitos resplandecientes cobraron su valor verdadero. Se unieron contando una y mil historias, pasaron fugaces como nuestros sonidos de asombro. Y ahí, compartiendo calor corporal y visión con los ruteros, me abrumé como sólo logro hacerlo aquí. «Aquí» es el hogar que se crea, o que más bien nace sólo, después de casi 3 semanas. Ese hogar que puede ser un suelo de gravilla bajo la Vía Láctea, una duna en el Sáhara, o la tarima de un polideportivo como en el que acabó nuestro día.

