Vícthor Torres Vega, 24 años. Vícthor es escritor, vive en Segovia y cuenta en 50 minutos las historias de 3.
El devenir del día a menudo depende del techo bajo el que despiertes, hoy a mi me ha tocado hacerlo en una tienda de campaña, arropado en aquella esterilla que ya llamo cama.
Esto de por si no tendría que ser algo especial, aunque desde pequeño es una experiencia que me gusta y atrae, pero al abrir la puerta y salir al exterior me encontraba en medio de la selva amazónica, más en concreto en la comunidad ocaina de Nueva Esperanza.
La ruta de por sí es un descanso para mí, un descanso de mí mismo en el que poder alejarme de todas aquellas rutinas y hábitos que me queman en mi día a día, pero esta a veces se hace dura y no da tregua, por lo que estos días conviviendo con indígenas amazónicos están siendo un descanso en el descanso y qué placer está siendo.
Despertar envuelto por una armónica, hacer juegos como cuando sólo hacíamos deporte para divertirnos, hacer actividades de «puro varón» (como comer caña de azucar y ver cómo descortezaban un árbol tras haberlo talado a machetazos), asistir a costumbres que, aunque para ellos son la pura rutina, nuestros ojos las reciben como algo mágico.
Como nos dijo un miembro de la comunidad, Francis, para ellos somos como niños que no paran de hacer preguntas y que se emocionan con cada nuevo dato y forma de ver el mundo, y creo que ellos se han quedado con una parte de nuestro corazón, así como nosotros poseemos una parte del suyo.
Este año estoy desubicado, y siempre he vivido esta sensación como algo malo, pero en esta ocasión es diferente y tan solo estoy desubicado porque la experiencia está siendo tan diferente que a mi mente apenas le da espacio a comparar y con frecuencia estoy perdido en las maravillas que tenemos delante en forma de vivencias.
Creo que es bueno, que de sentir este viaje como una mera repetición en la que no me contasen nada nuevo no tendría sentido alguno seguir viniendo, pero sigo buscándome en ese amarillo que ha pasado a formar parte de mi piel, y en la sensación que me produce conectar con la gente desde su color, sintiéndome amado y conectado conmigo mismo, valorandome a través de palabras ajenas, pleno de inspiración.
Y me lleno de emoción al pensar todo lo que he vivido bajo el sol, aunque acaso este final no sea más que un nuevo comienzo, y me alegro de haber vivido cada uno de los días que he despertado con la Ruta como techo.
Para acabar el día, hemos tenido dos cosas preciosas: una muestra de sus fiestas tradicionales a través de un baile agotador y bebidas enterradas en tierra y un ritual de luna llena (que transitaba por Acuario) que me ha servido para conectar un poco más con los ruters y con los comuneros ocainas.
Para cerrar, si algo deseo con fuerzas es que la pasión que inunda mis venas durante la Ruta y la forma continua de expresarla dándole valor a mis latidos se conviertan en una sensación que poder revisitar en mi vida, aunque la ruta tenga mucho que ver con esta.

