Cote Vilches. Coordinador del equipo de comunicación de Ruta Inti desde el año 2024.
Cote tiene 32 años, vive en el valle de Colchagua y es periodista gastronómico. Tiene una yegua llamada Lola.
Esta ruta pudo haber cerrado con un brindis en la mesa, a días de las Fiestas Patrias que excitan Chile, festejando el cumpleaños de su hija Constanza. Habría carne, de seguro. Y hielos, muchos hielos. La conversación —elijo creer— saltaría de anécdota en anécdota, como siempre. Yo le habría contado que Perú fue hermoso y también una patada en el cuerpo: que nunca tuve tanta mierda bajo las uñas, que corrí como loco en Choquequirao para llegar primero. Que en el Amazonas vi parrillas con reptiles, cueros de jaguares y grillos buenos para la noche, como Javito en un potrero.
Pero el domingo 10 de agosto, la jugada cambió. El hijo adoptado de Colchagua se fue dormido, tranquilo, a reírse de nosotros desde otro lado. Pero que no haya llegado a esa mesa no significa que yo no tenga la conversación guardada. No sé dónde andará, pero sé que era bueno para la juerga. Así que no le hablo al cielo ni al infierno: le hablo al pedazo de cariño que me dejó y a su recuerdo, que pesa y calienta como una botella de vino L’Entremmeteuse en la sobremesa.
Si estuviera aquí, le diría que gracias. Por los pedazos de hijos que tuvo y por apoyarme como uno más. Que —por la aventura— me tuve que quedar en un barco cerca de Iquitos y que no pude despedirme. Pero que, siendo sincero y más maduro de lo que suelo ser, prefiero llegar después: cuando la pena sea excusa para abrazarse con la comandante y portarse mal. Cuando la pena sea mera excusa para prender el carbón, descorcharse, atorarse y reírse pa atrás.
Si alguien no lo conociera tío —como los familiares— que repasan estas crónicas, les hablaría de su Smirnoff siempre fría en el refri de Las Toscas, de sus holgados chalecos del banco que les terminé robando, del Milo que me comí a cucharadas, de las revistas apiladas que terminé firmando y de su apellido «entusiasmo». Ese que incita, que empuja, que envalentona. Que cambia la energía del lugar con un solo gesto.
Y saco a bailar cueca a la RAE, porque según the-real, el entusiasmo es “exaltación y fogosidad del ánimo”. Y a usted le calzaba perfecto: porque ningún ejercito de células rebeldes será capaz de borrar las bromas rápidas que le escuchamos, ni los cánticos para decir cualquier cosa, o esa picardía que lo hizo tan querido por todos. Incluso por la majestuosa Ofelia, a la que le sacó sonrisas como cabro chico de 60 años. Me imagino que usted la pondrá al día, pero salúdela de mi parte, que ya está poniendo la tetera en el brasero.
Aquí tío, o donde sea que pisen los 200 de la Ruta Inti, se canta un tema. No es de los Beatles, ni tampoco de Lennon. No se aplaude como el Valle de Luz, pero sí lleva guitarra. Se llama Amarillos y cuando la compartes, la vives, te aprieta el pecho y te llega a sacar lágrimas. Dice muchas cosas bonitas que le pasan a desconocidos que aprendieron a vivir con lo puesto, y que entendieron que cuando las cosas caben en la espalda pueden con lo que sea. Pero vamos al caso. Al final viene a juego una frase que le doy firmado: «Si todo se acaba, te recordaré». Y yo lo recuerdo, tío Alfonso. Siempre, pero siempre, entusiasta.

