Crónica #13: Sin incomodidades no habría aventuras

Arnau Jounou Anglès, expedicionario de Ruta Inti 2024

Arnau es de Riudoms, trabaja como maestro de primaria y reconoce ser hufflepuff.

“Las aventuras están llenas de incomodidades, si no, no serían aventuras”.

Sam Sagaz

3:10 de la madrugada, suena el despertador y al abrir los ojos ya se ven los primeros compañeros que salen de la haima. La noche ha sido fresca, menos de lo que esperábamos; se ha podido descansar, a pesar de los nervios.

Recogida fugaz del material de dormir, calcetines listos y botas atadas. Hace falta salir de la haima con térmica, polar y la cabeza bien tapada para mantener la temperatura corporal.

Cuando por fin salgo de la haima, la inmensidad de la oscuridad me hace recordar que estamos a 3.200 metros de altitud, listos para atacar la cima del Toubkal.

Soy parte del último grupo de salida. Nos encontramos a la puerta del refugio, donde los frontales y los “¡Buenos días!” te ayudan a reconocer quién es quién. Me siento muy feliz y seguro de estar donde estoy y con quién estoy.

4:01. Arrancamos entre la oscuridad, buscando seguir los pasos de los rastros de luz de los compañeros que abren camino. Empieza el camino de un día esperado durante muchos meses.

La primera parte de la subida es entre rocas y pasando la gran pedrera, pero el ritmo es bueno y pasa rápido. Llegamos al primer collado, donde comenzamos a ver clarear el alba y a marcarse la silueta de las montañas que nos rodean.

Atrapamos a los grupos que llevábamos por delante mientras la luz del sol empieza a hacerse más presente entre los majestuosos picos del Atlas y, a la vez, llegamos al collado Toubkal, que nos marca el paso de los 4.000 metros de altitud.
Desde este punto, es la primera vez que vemos la cima. Cada vez más real.

La última parte del ascenso la hacemos con el sol prácticamente en el horizonte, mostrándonos la inmensidad del Atlas que nos rodea y que en breves coronaremos.

4.35. Los últimos 50 metros los hago corriendo con 15 compañeros más. Hemos hecho cima. 4.167 metros.

Una gran explanada nos ofrece las mejores vistas posibles de toda la sierra norte-africana, mientras en el punto más septentrional, la famosa estructura de hierro nos da la bienvenida.

De la euforia de la llegada, siguen los abrazos. Abrazos sinceros, de los que no hace falta decir nada, donde la fuerza de los brazos y la presión en el pecho te transportan a casa. Porque toda esta gente de amarillo, azul, rojo, naranja, verde y morado también son casa.

Es imposible no pensar en la familia, en los que ya no están, en los amigos. Todos ellos saben que aquí arriba, con muchos kilómetros en las piernas y la espalda, muchas pastillas potabilizadoras, con pocas horas de sueño, sin calcetines de repuesto, soy feliz y no cambiaría otro día como rutero.

Y compartirlo con personas con las mismas motivaciones que tú, que has conocido bajo las estrellas en medio de la selva mexicana, o durmiendo en una duna del Sáhara, no tiene precio.

Mama, papa, Guillem, avis, amics, a la Ruta soc feliç. Ens veiem a la tornada.

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